Alentando el crecimiento

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Los instrumentos del bebé: chupete, carro, pañal. ¿Hasta cuándo?

La utilidad de los instrumentos con los que cuenta el bebé como son el chupete, el biberón, el pañal o el carrito, se enmarcan dentro de un contexto evolutivo.

 

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EL CHUPETE

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El chupete viene a dar una respuesta a la primera fase evolutiva en la que el niño se ve inmerso que es la llamada por Sigmund Freud como la fase oral,  en la que la boca es la zona principal donde se busca el placer “llevándose por tanto el niño los objetos a la boca”, priorizándose la succión como forma de auto calmarse. Es por ello que, el chupete adquiere el sentido de ser un instrumento adecuado en este momento evolutivo, que va desde los cero hasta los dieciocho meses aproximadamente.

Sin ser rígidos con los tiempos evolutivos ya que el tiempo de desarrollo emocional no siempre va exactamente de la mano con el desarrollo cronológico , podemos afirmar que,  comprender que el uso del chupete tiene un sentido para el desarrollo en relación a una realidad biológica y psicológica, puede facilitar el uso adecuado en la crianza así como en el momento adecuado para iniciar su retirada. La retirada, estaría encaminada, siguiendo a Mirtha Cucco en “Cosas del Chupete” a entender que el final de una etapa esta relacionada con el principio de otra y que dejar el chupete implica empezar algo nuevo.

Si hasta el momento el bebe ha explorado con la boca, luego pasará a realizarla con el cuerpo a través del gateo o la reptación. A su vez, la dentición permitirá pasar de la alimentación líquida a poder morder y por tanto comer sólido. Y el desarrollo de los procesos cognitivos y emocionales sanos nos indican que con la boca, el niño empieza a emitir los primeros sonidos que más tarde se convertirán en palabras,  que a su vez le permitirán interactuar y explorar el mundo a través de funciones más elaboradas como es el lenguaje.

Resulta por tanto necesaria en la crianza entender que solo desde el desprendimiento en los momentos adecuados, ni antes ni después, es posible poder dar paso a las siguientes fases. La comprensión profunda de este hecho, es lo que puede permitir a los padres estar seguros y fuertes para acompañar dicho momento, haciendo las despedidas adecuadas de lo que dejamos atrás pero con ilusión de lo que está por venir.

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Es importante saber como hacer esta transición y para ello resulta esencial no mentir a los niños en cuanto a los procesos. Esto es, que cuando llega el momento de dejar el chupete no decir al niño que el chupete se lo ha comido el gato o que se ha ido con un hada mágica. Resulta mucho más conveniente decir al niño que es momento de dejarlo porque a partir de ahora es un chico o una chica mayor que tiene otras necesidades como por ejemplo hablar o masticar y que para eso es necesario tener libre la boca.

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EL CARRO

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En cuanto al uso del carro ocurre lo mismo. Pasear en el carro es algo muy placentero pero siempre cuidando los tiempos. Los diseñadores de carros tienen muy claro cuales son estos momentos evolutivos. Al principio, el carro del bebé es lo que se llama el cuco,  que es una especie de mini cuna donde el bebé recién nacido pasa los primeros meses prácticamente durmiendo todo el tiempo. A partir de los tres-cuatro meses, cuando el bebé ya puede sentarse, el que antes era el cuco da lugar a la silla, que puede colocarse para que el bebé mire al adulto o vaya mirando el exterior.

Y ya por ultimo tenemos la silla de paseo, que es otro carro diferente, más bajo, que permite al niño subir y bajar libremente y que en teoría se usa ya cuando el niño empieza a caminar, pero aún puede cansarse si el camino es largo. En algunos momentos, aunque dicha silla de paseo está pensada para ayudar al niño en momentos en los que ya está muy cansado, en otras ocasiones se convierte en un facilitador parental para maximizar tiempos, como por ejemplo ir al supermercado con el niño sentado con el fin de realizar la compra con mayor rapidez. Y son en estos momentos, en los que el niño lucha por despegarse ensayando su aún torpe caminar, cuando pueden aparecer los conflictos con los padres, generando la pataleta del niño por no poder ir caminando. 

 

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Estamos hablando aproximadamente de los dos años del niño. Esa edad que viene hoy en día a llamarse los “terribles dos” y que suele ser sobre todo terrible para los padres por el desgaste que conlleva. Los dos años vienen enmarcados por el descubrir del Yo: “Lo hago yo solo, yo puedo”, dice el niño. En esta época aparece una gran omnipotencia sana y control de los demás. Los niños en esta época han pasado de ser bebés dependientes a despertar en su individualidad y quieren y desean reafirmarse en todo lo que hacen o pasa a su alrededor.

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CONTROL DE ESFÍNTERES

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A nivel de desarrollo madurativo la culminación de esta fase vendrá marcada por uno de los grandes hitos evolutivos: el control de esfínteres.

El llamar a esta etapa que  comprende desde los 24 a los 36 meses como “terrible” tiene referencia a las vivencias de  los padres ya que el niño  se encuentra en un momento de despegue y de práctica. Ya no son bebés que van en un carro durmiendo pero tampoco niños mayores que se manejan con soltura. El papel del adulto en este momento es acompañar, seguir al niño que quiere subir escaleras una y mil veces,  por si se cae, pero dejando hacer. Es la época en la que vemos a padres agachados ayudando a los niños a andar, a niños comiendo solos y manchando la cocina o a otros corriendo a hacer pis al orinal sin llegar porque se ha escapado.

Estamos en zonas de transición, en zonas de desarrollo próximo y el lugar del adulto es acompañar el proceso.

Siendo conscientes que las fases de despegue nunca son fáciles debemos ser conscientes de lo importante para el niño que es contar con sus propias capacidades que vayan construyendo la casa con cimientos sólidos. Es fundamental por tanto saber acompañar como padres los procesos de despegue, acompañar el duelo por lo que se va dejando atrás sin mentiras, siendo claros y alentando el desarrollo y el crecimiento. Ni antes ni después pero siempre teniendo claro que lo que el niño puede hacer, tiene que hacerlo. Será por tanto necesario,  que en la crianza pongamos la mirada, en dar amor, en ser buenos padres, aunque siempre como decía Donald Winnicott desde ser “suficientemente buenos”, en el sentido de no  sobre proteger ni frenar sino alentar el crecimiento.

 

Florencia Poy Carulli

Psicóloga Clínica, Psicoterapeuta infanto-juvenil, de adultos y familias

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El deseo de la paternidad

[et_pb_section fb_built=»1″ _builder_version=»3.19.3″][et_pb_row _builder_version=»3.19.3″][et_pb_column type=»4_4″ _builder_version=»3.19.3″ parallax=»off» parallax_method=»on»][et_pb_text _builder_version=»3.19.3″ text_font=»||||||||» text_font_size=»16px»]

Ser padres o madres implica reactivar las experiencias como hijos y rememorar cómo fueron las relaciones con los propios padres. Tener un hijo es proyectar los deseos y anhelos pero también los miedos y las inseguridades. Tener un hijo es verse reflejado en un espejo deseando ver la mejor versión y no los defectos.

 

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Desear que a los hijos no le pase nada malo en la vida, que sean felices, que no sufran y que puedan tener la mejor vida posible es normal y sano, y viene intrínseco en la categoría de ser padre o madre, pero en algunas ocasiones ciertos deseos se pueden transformar en temores e incluso en angustia.

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Existen en la paternidad y maternidad miedos que son más arraigados, más profundos y tienen que ver con la propia historia personal, con las propias faltas que bajo ningún concepto se quiere que se perpetúen en los hijos; y aquí el quid de la cuestión: que algunos temores vienen tan cargados de angustia que como si se tratara de una profecía auto cumplida , tienden a perpetuarse.

Se dice que antes de que un hijo nazca ya existe en la mente de los padres como “el hijo imaginario”, y en algunos casos este hijo se puede adaptar al ideal, pero en otras ocasiones existen ciertos rasgos que se pueden alejar de los propios deseos, o incluso remover puntos delicados de la propia vida, que se hace necesario comprender y detectar.

Es aquí donde habrá que  adentrarse en cómo gestionar estos aspectos diferenciales con el fin de poder aceptar dicha individualidad.

En ocasiones, lo  más rechazable del hijo para los padres, coincide con las dificultades que ellos mismos padecieron de pequeños, no soportando ningún reflejo de ello en el hijo. En estos casos confunden lo vivenciado y rechazado con lo que perciben en la actualidad del hijo.

El narcisismo es fuente de vida pero también es una trampa y es así en tanto están en juego elementos vitales y constitutivos como son la identidad, las identificaciones, la vivencia de sí mismo y la autoestima.

Los padres han de hacer ese duelo para poder dar paso a lo nuevo del hijo. Habrá un trámite elaborativo para asumir-en una tarea psíquica nada fácil-que en ese ser hay “algo en mí” y no  que “todo ello es mí”. Esto se puede observar en  la necesidad de controlar como el hijo se comporta, interactúa, se desenvuelve.

Entrar en contacto con lo que se pone en juego en cada progenitor en una determinada situación que tiene que ver con los hijos, será el camino que ayudará a posicionarse ante el problema de forma muy distinta; estando más tranquilos, sin tanta ansiedad y menos tensión, lo que a su vez se verá reflejado en el hijo, dando la oportunidad de encontrar su lugar y su forma, aceptándolo, y sintiéndose el hijo aceptado por los padres.

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Por tanto, es muy interesante poder entrar en contacto con los propios miedos y preocupaciones en relación a los hijos, pero también en relación a uno mismo, poder indagar que aspectos se están movilizando en esta situación y que tiene que ver con la propia historia de cada cual. Esto será el primer paso para colocarse de una forma sana, y permitiendo a los hijos crecer en su individualidad.

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Es difícil enfrentarse a todo lo que a nivel inconsciente se pone en juego, pero ya poder reconocerlo y ponerlo en palabras, será todo un logro.

Aquí un poema del escritor Gibran Jalil Gibran (“El Profeta”):

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“Vuestros hijos no son vuestros hijos.

Son los hijos y las hijas del anhelo de la Vida, ansiosa por perpetuarse.

Por medio de vosotros se conciben, más no de vosotros.

Y aunque estén a vuestro lado, no os pertenecen.

Podéis darles vuestro amor; no vuestros pensamientos: porque ellos tienen sus propios pensamientos.

Podéis albergar sus cuerpos; no sus almas: porque sus almas habitan en la casa del futuro, cerrada incluso para vuestros sueños.

Podéis esforzaros por ser como ellos, mas no tratéis de hacerlos como vosotros: porque la vida no retrocede ni se detiene en el ayer.

Sois el arco desde el que vuestros hijos son disparados como flechas vivientes hacia lo lejos.

El Arquero es quien ve el blanco en el camino del infinito, y quien os doblega con Su poder para que Su flecha vaya rauda y lejos. Dejad que vuestra tensión en manos del arquero se moldee alegremente. Porque así como El ama la flecha que vuela, así ama también el arco que se tensa.”

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Florencia Poy Carulli

Psicóloga Clínica, Psicoterapeuta infanto-juvenil, de adultos y familias

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El proceso de separación en la pareja

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El proceso de separación en la pareja no es una situación fácil y requiere transitar la pérdida y vivir el duelo, al igual que si se tratase del  fallecimiento de un ser querido.

Los mecanismos de negación durante el proceso de  divorcio son habituales, defensas al servicio de la angustia y el dolor que supone la misma.

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Poder asumir la nueva realidad requiere de un tiempo psicológico, tiempo que debemos entender como proceso, donde será habitual la confusión y la duda; sintiendo en algunos momentos la necesidad de separación, en otros la posibilidad de reparación y así la persona irá de un lado a otro. En ciertos casos, acompañar dicho proceso con un terapeuta será necesario.

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La Rabia

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En muchas ocasiones, una vez asumida la realidad de la separación, se empieza a conectar con una emoción fundamental: la rabia.

La rabia es un sentimiento que protege la identidad y la dignidad de una persona, ya que es un sentimiento natural y básico que se experimenta cuando alguien se percibe tratado de una maneja injusta. Siendo utilizado de forma eficiente contribuye al fortalecimiento de una adecuada autoestima, ya que al expresar lo que se siente, piensa y necesita se establecen límites de contacto y se autoafirma (L. Bilodeau, 1998).

La rabia es una emoción muy poco validada socialmente y resulta fundamental durante el proceso de separación, poder conectar con dicha emoción, como paso previo para poder manejarla. Resultará necesario buscar vías adecuadas para darle salida, poniendo en palabras los sentimientos de la nueva realidad.

En caso de no poderla gestionar, podrá salir en momentos inesperados hacia personas que nada tienen que ver con la situación, o bien dirigiéndose hacia la propia persona, lo que podría generar auto reproches, e incluso desembocar en un cuadro depresivo.

 

[/et_pb_text][et_pb_cta button_text=»Click Here» _builder_version=»3.19.3″ header_font=»||||||||» body_font=»||||||||» body_font_size=»16px»]La terapia servirá como lugar seguro para poder expresarse y ser contenida y también lugar donde reparar la herida que se posee y la necesidad manifiesta como paso previo para seguir transitando los procesos de duelo en la separación.[/et_pb_cta][et_pb_text _builder_version=»3.19.3″ text_font=»||||||||» text_font_size=»16px»]

 

La rabia nos permite decirle al otro “no te permito que me trates de esta forma” “no me lo merezco”. La rabia por otro lado, permitirá transformar la culpa en responsabilidad.

 

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Miedos: miedo a la soledad y miedo a la repetición

[/et_pb_text][et_pb_text _builder_version=»3.19.3″ text_font=»||||||||» text_font_size=»16px»]

Son muchos los miedos que se despiertan en torno a una separación pero entre todos el más habitual es el miedo a la soledad y el miedo a la repetición.

El miedo a la soledad nos conecta con los miedos infantiles, con la ansiedad de separación de los progenitores. Aquellos momentos que de niño generaban mucha angustia por sentirse lejos de las figuras parentales.

Siguiendo a Donald Winnicott, pediatra y psicoanalista inglés, si bien la capacidad para estar solo es fruto de diversos tipos de experiencias, sólo una de ellas es fundamental, sólo hay una que, de no darse en grado suficiente, impide el desarrollo de dicha capacidad; se trata de la experiencia, vivida en la infancia y en la niñez, de estar solo en presencia de la madre. Así, pues, la capacidad para estar solo se basa en una paradoja; estar a solas cuando otra persona se halla presente.

Por tanto, en el momento de la separación, se estará poniendo a prueba la fortaleza y base segura del sujeto en dichos momentos.

También puede estar el miedo a la repetición. En este sentido resulta imprescindible poner en el centro la responsabilidad de la persona para pensarse. Será necesario observar en qué grado la persona se siente culpable o culpabiliza a su pareja de la ruptura. Estar posicionado en la culpa no permitirá pensar sobre uno mismo y sobre lo que se puede cambiar sino que dejará atrapada a la persona en un lugar de victimismo y de inacción. “Sentirnos culpables de casi todo implica no ser responsables de casi nada”.

 

[/et_pb_text][/et_pb_column][/et_pb_row][et_pb_row _builder_version=»3.19.3″][et_pb_column type=»4_4″ _builder_version=»3.19.3″ parallax=»off» parallax_method=»on»][et_pb_text _builder_version=»3.19.3″ text_font=»||||||||» text_font_size=»18px» text_line_height=»1.8em»]

La culpa no nos ayuda, pero la responsabilidad si lo hace. Sentirnos responsables de la situación vivida nos permite ponernos en el centro de la misma y poder pensarnos. Poder entender lo que ha ocurrido, que se ha puesto en juego de nosotros nos permitirá no caer en los mismos errores en el futuro.

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Los curiosos caminos del inconsciente nos llevan a repetir nuestras historias traumáticas con la ilusión en que en algún momento terminen con un final feliz” (M.Michelena).

Por ello, será fundamental entender el lugar que se ha ocupado en la relación anterior para así poder trabajar lo que se ha puesto en juego y en base a qué, como garante para no caer en el mismo lugar en el futuro.

 

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La pena

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La pena es la parte más dolorosa de toda separación porque implica dolor y tristeza. La pena no entiende de cuestiones racionales y aunque la persona se explique que ha decidido lo mejor, la pena hay que pasarla.

Aunque ante la pena, las personas con su mejor intención tienden a dar ánimos, es importante entender que lo mejor que se puede hacer es escuchar y dar un buen hombro para que la persona pueda llorar.

Debemos entender esta pena de la misma forma que entendemos la pena que una persona tiene en el momento en el que fallece un familiar. De ahí la expresión habitual que se utiliza en los funerales de “te acompaño en el sentimiento”. De forma similar se busca durante este momento que la persona se sienta acompañada y contenida para llorar su dolor.

Para pasar esta fase son necesarios muchos días, muchas lágrimas y muchos hombros. Es como si se estuviera produciendo sucesivas despedidas de la persona amada pero también de alguna manera, de lo que el propio individuo ha jugado en relación a la persona que ya no está.

El hombre muere tantas veces como pierde a cada uno de los suyos” (Publio Cyro)

Llorar a la persona que ya no está es llorar todo lo vivido con esa persona. Y un día de tanto llorarlo y tanto sufrirlo, la persona puede levantarse sin lágrimas y sintiendo que ya está, que ya ha sido capaz de dejarlo ir, y que ahora su energía puede estar puesta en otro lugar, con otras personas, con la mirada puesta en un nuevo contexto.

 

[/et_pb_text][/et_pb_column][/et_pb_row][et_pb_row _builder_version=»3.19.3″][et_pb_column type=»4_4″ _builder_version=»3.19.3″ parallax=»off» parallax_method=»on»][et_pb_text _builder_version=»3.19.3″ text_font=»|600|||||||» text_font_size=»22px»]

La aceptación

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La aceptación es el ultimo paso del trabajo del duelo. La aceptación no ocurre de un momento a otro. Los duelos primero se rumian, se mastican y de tanto hacerlo, un día se digieren.

Y todo ello requiere tiempo, porque el tiempo psicológico nunca es lineal sino más bien circular,  no se mide como el tiempo real, y a veces se va para adelante, y otra vez para atrás, y así hasta poder levantarse un día y sentir que la persona va aceptando su nueva realidad y aquello que tanto dolía ya no lo hace con tanta intensidad.

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En las rupturas, ¿se gana o se pierde? Ahí está la paradoja ya que son muchas las cosas que la separación quita pero también muchas las que da. ¿Se puede ganar cuando se pierde?

[/et_pb_cta][/et_pb_column][/et_pb_row][et_pb_row _builder_version=»3.19.3″][et_pb_column type=»4_4″ _builder_version=»3.19.3″ parallax=»off» parallax_method=»on»][et_pb_text _builder_version=»3.19.3″ text_font=»||||||||» text_font_size=»16px»]

 

Una de las ganancias más significativas tras una ruptura es ganar en la verdad porque “la verdad genera dolor pero la mentira enferma”.

Vivir en una mentira genera síntoma en la pareja y en toda la familia  y por tanto,  poder hacer frente a la realidad implica ir sintiendo autenticidad , libertad y sobre todo dignidad. Esto implicará que la persona pueda hacerse cargo del rol que representa. Esto siempre será producto de un proceso y un trabajo psíquico que lleva su esfuerzo y tiempo y que por supuesto vale la pena realizar.

 

Florencia Poy Carulli

Psicóloga Clínica, Psicoterapeuta infanto-juvenil, de adultos y familias.

 

Referencias Bibliográficas

Mariela Michelena (2012) “Me cuesta tanto olvidarte” Ed. La esfera de los libros.España.

Cristina Horno “¿Qué nos podemos encontrar debajo de la rabia?” Revista Bonding.

Winnicott, Donald (1958) “La capacidad para estar a solas”. Obras completas.

Sigmund Freud (1917) “Duelo y melancolía” en Obras completas, Vol XIV (Buenos Aires, Amorrortu, 2005).

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